El lobo feroz y el valiente cazador

EL LOBO FEROZ Y EL VALIENTE CAZADOR

de Ana Maria Machado

PARA TRABAJAR EL MIEDO

hay
había una vez un niño que vivía en una cabaña en el bosque, con el suyo
padre, que era cazador, y su madre, que hacía de todo: cocinaba,
lavaba, planchaba, hacía la limpieza, cosía, se aburría y suspiraba.
Y
había una vez también, un lobezno que vivía en una cueva de aquel
mismo bosque, con toda su familia, pues a los lobos les gusta
vivir en comunidad, es decir, en rebaño.
el
niño jugaba con otros niños que aparecían por allí: los hijos del
leñador, la fila de la lavandera, el nieto del vendedor ambulante, una
niña que a veces se perdía en el bosque recogiendo frambuesas…
el
pequeño lobo jugaba con otros lobeznos parecidos a él, hermanos y
primos, algunos de la misma lopada, otros mayores, otros más
pequeños. Se divertían con juegos de rodar por el suelo, revolcarse por todos
lados…
A
veces, por la noche, papá o mamá contaba cuentos al niño a la
chimenea. Y estas historias siempre tenían que ver con el lobo
feroz. Podía hablar de cerditos, de Caperucita Roja y de muchas
otras cosas; pero ya se sabe, de repente, aparecía un lobo feroz que
gruñía, resoplaba, se enfadaba, derribaba casas, y tenía unos ojos tanto
grandes y también una boca tan grande que solo buscaba comerse los
niños.
A
veces, también por la noche, en la cueva, el pequeño lobo le costaba
dormirse y se quedaba escuchando los cuentos que los lobos más viejos
se contaban unos a otros. Y estos cuentos siempre tenían uno
cazador malo. Podían hablar de arroyos limpios, de campos inmensos y de
muchas otras cosas; pero ya se sabe, de repente, aparecía un cazador que
ponía trampas, les disparaba y arrancaba la piel de los lobos que había
matado.

Cuando el niño creció un poco y ya podía salir solo, pedía permiso:
       Madre, ¿puedo jugar en el bosque?
Y su madre siempre respondía:
-Claro que puedes, pero ten cuidado hijo mío. No vayas muy lejos. Puede haber algún lobo por allá.
Cuando el lobezno creció un poco y ya podía salir solo, pedía permiso:
       Madre, ¿puedo jugar en el bosque?
Claro que puedes, pero ten cuidado hijo mío. No vayas muy lejos. Puede haber algún cazador por allá.
Y ellos no iban muy lejos.
Pero
como vivían en el mismo bosque y estaban creciendo, sus pasos eran
cada vez más largas y se acercaban cada vez más.
Hasta que un día…
Un día, el niño estaba distraído, algo alejado de casa, y pisó una rama seca que crujó.
Entonces,
el lobezno, que también estaba por allí, distraído y algo alejado de
casa, sintió el crujido, se llevó un susto y gruñó. Y, en
ese momento, los dos se volvieron y se miraron.
De repente. Cara a cara.
Cada
uno puso una de las caras más raras que alguien pueda poner: cara de
miedo, de mucho miedo, de verdadero pánico. Y las caras de pánico eran tanto
pavorosas que el lobezno se fue corriendo en una dirección y el niño
cogió, también corrientes, la contraria.
Al llegar a su casa, el niño explicó:
-Me he encontrado un lobo en el bosque, pero ha sentido tanto miedo al verme que se ha ido corriendo.
Al llegar a la cueva, el lobezno explicó:
-Me he encontrado un cazador en el bosque, pero ha sentido tanto miedo al verme que se ha ido corriendo.
Quienes les escuchaban no se creyeron mucho lo que decían. Pero lo más importante es que los dos sí lo creían.
O
esto parecía. Porque, desde ese día, cuando quiere ir al bosque, el niño
pone las manos en los bolsillos y sale silbando: “quien teme al lobo
ferozo…”
Y el lobezno cuando quiere quedarse despierto por la noche, estira mucho el hocico hacia la luna y aúlla:
“se fue, huyó, fui yo…”

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