EL LOBO FEROZ Y EL VALIENTE CAZADOR
había una vez un niño que vivía en una cabaña en el bosque, con el suyo
padre, que era cazador, y su madre, que hacía de todo: cocinaba,
lavaba, planchaba, hacía la limpieza, cosía, se aburría y suspiraba.
había una vez también, un lobezno que vivía en una cueva de aquel
mismo bosque, con toda su familia, pues a los lobos les gusta
vivir en comunidad, es decir, en rebaño.
niño jugaba con otros niños que aparecían por allí: los hijos del
leñador, la fila de la lavandera, el nieto del vendedor ambulante, una
niña que a veces se perdía en el bosque recogiendo frambuesas…
pequeño lobo jugaba con otros lobeznos parecidos a él, hermanos y
primos, algunos de la misma lopada, otros mayores, otros más
pequeños. Se divertían con juegos de rodar por el suelo, revolcarse por todos
lados…
veces, por la noche, papá o mamá contaba cuentos al niño a la
chimenea. Y estas historias siempre tenían que ver con el lobo
feroz. Podía hablar de cerditos, de Caperucita Roja y de muchas
otras cosas; pero ya se sabe, de repente, aparecía un lobo feroz que
gruñía, resoplaba, se enfadaba, derribaba casas, y tenía unos ojos tanto
grandes y también una boca tan grande que solo buscaba comerse los
niños.
veces, también por la noche, en la cueva, el pequeño lobo le costaba
dormirse y se quedaba escuchando los cuentos que los lobos más viejos
se contaban unos a otros. Y estos cuentos siempre tenían uno
cazador malo. Podían hablar de arroyos limpios, de campos inmensos y de
muchas otras cosas; pero ya se sabe, de repente, aparecía un cazador que
ponía trampas, les disparaba y arrancaba la piel de los lobos que había
matado.
como vivían en el mismo bosque y estaban creciendo, sus pasos eran
cada vez más largas y se acercaban cada vez más.
el lobezno, que también estaba por allí, distraído y algo alejado de
casa, sintió el crujido, se llevó un susto y gruñó. Y, en
ese momento, los dos se volvieron y se miraron.
uno puso una de las caras más raras que alguien pueda poner: cara de
miedo, de mucho miedo, de verdadero pánico. Y las caras de pánico eran tanto
pavorosas que el lobezno se fue corriendo en una dirección y el niño
cogió, también corrientes, la contraria.
esto parecía. Porque, desde ese día, cuando quiere ir al bosque, el niño
pone las manos en los bolsillos y sale silbando: “quien teme al lobo
ferozo…”